miércoles, 15 de marzo de 2017

La única tradición que no quiero en mi familia

Me gustan mucho las tradiciones familiares. Hay valor en ellas. Las tradiciones unen a las familias y crean un sentido de estabilidad en los niños. Las tradiciones forman los recuerdos que con los años se convertirán en tesoros de la memoria. Las tradiciones crean nexos entre las diferentes generaciones. Las tradiciones son una manera de transmitir nuestros valores y creencias.


Dios también valora las tradiciones, por eso estableció en el pueblo de Israel diferentes fiestas y fechas significativas que los judíos todavía hoy celebran.

El cristianismo también tiene sus propias celebraciones tradicionales ya como la Navidad, el domingo de Resurrección, y aquí en los Estados Unidos, el Día de Acción de Gracias.

Sin embargo, hay una única cosa que no quiero que mis hijos vean como una tradición. ¿Sabes qué es? ¡Dios! No quiero que para ellos Dios sea una tradición familiar, algo que han heredado. Sí, hasta cierto punto están recibiendo un legado de fe, un legado de lo que creemos y por qué lo que creemos. 

Pero eso no es suficiente. La verdadera fe como tradición no funciona. ¿Por qué? Porque no podemos llegar a Dios mediante una tradición, ni un rito, ni algo que la familia nos dejó en herencia. A Dios solo llegamos por medio de una relación personal que se hace posible al conocer a Jesús, aceptar su sacrificio en la cruz como pago por mis pecados y reconocerlo como Salvador y Señor de mi vida.
Sin embargo, no se puede heredar, ¡es personal!

Como madres, abuelas, tías, etc., tenemos la responsabilidad de “instruir al niño en su camino”, pero también necesitamos orar incansablemente para que en sus vidas haya un encuentro genuino con Dios de manera que Jesús no sea una tradición para ellos sino el centro de su existencia.

Mi querida lectora, tengamos cuidado de no querer ver la vida cristiana como una tradición familiar. ¡Claro que queremos que de generación en generación nuestras familias amen a Cristo y vivan para él, y le sirvan! Pero no podemos convertirlo en un ritual. ¿Y sabes cómo lo evitamos? Al vivirlo; que nuestros hijos vean que cuando vamos el domingo al templo lo hacemos como parte una familia de fe; pero que también puedan ver nuestra relación con Jesús los otros seis días de la semana. Que sepan que no leemos la Biblia solo los domingos, ni alabamos solo los domingos, ni oramos solo los domingos.

La mejor predicación que tus hijos verán y escucharán será tu propia vida porque la tienen frente a ellos constantemente. ¡Aprovechemos esa oportunidad! Que Dios nos use como un instrumento para que en sus corazones crezca el anhelo de tener una relación con Jesús tan real y genuina como la que han visto en su hogar.

Bendiciones,







Publicado originalmente en wendybello.com

No hay comentarios: